Adaptamos, no reiniciamos.
Un plan que se rompe el martes no es un plan: es una foto. La vida real trae cenas fuera, semanas malas y neveras a medias. Cuando eso pasa, el plan se dobla — cambia una comida, reajusta el día — pero no vuelve a empezar. Reiniciar es castigar la vida real, y castigar la vida real mata la adherencia.